EL ÉXODO ...personas sin partes del cuerpo, en camilla, apoyados en otros, agachados, en silencio, pasaban cerca -tan cerca que podía oír como sus quejas se ahogaban con el sonido de la lluvia, -no miraban a los lados, solo de frente y hacia abajo, abría bien mis ojos intentando encontrar en aquella tragedia a mis nuevos amigos que compartiesen conmigo la cena de la noche anterior; no recuerdo cuanto estuve allí, el combate no parecía tener fin a lo lejos, mis recuerdos son borrosos de entonces. Al día siguiente parece que algo importante pasaba en la zona, no sabía qué; era tan solo un niño, nadie se molestaba en contarme o consultarme algo...mi padre parecía sofocado yendo y viniendo de las casas vecinas (la más cercana era de mi primo Chon a unos 900 metros, después mi tía Claudina a unos dos mil metros, Don Pánfilo -un sumo de la zona estaba a unos dos mil quinientos metros y por último mi tío José a unos tres mil metros), estaba intentando vender animales o granos pero parece que nadie estaba interesado . Las horas pasaban volando, el miedo se respiraba en esa selva, se planeaba lo impensable: dejar todo y salir en éxodo hacia Honduras; una tarde de esas mi madre me manda junto a mi hermana Alejandra a agarrar las gallinas, empezamos a buscarlas y perseguirlas por el potrero y parte de la montaña donde algunas se iban, atrapamos más de 20, se hizo noche y nos fuimos a la cama y muy oscurito nos despertó nuestra progenitora para que le ayudásemos a desplumar gallinas que ella mataba y posteriormente procedió a cocer las partes principales en una olla enorme. No entendía bien lo que pasaba pero parece que íbamos de viaje, teníamos una vaquilla y ya estaba amarrada, algunos chanchos también estaban listos para arrear, no había muchas cosas que empacar, no tenia juguetes -en esa parte de la selva eran lujos que un mestizo como yo no se podía dar, no tenia ropa -excepto la que llevaba puesta: un chorcito y una camiseta (ambas piezas gastadas y rotas) y lo más Preciado para mi: un nuevo par de botas, el primero que me compraban, que ni siquiera me las ponía para que no se me dañaran; salimos de la humilde choza de madera y paja que había sido nuestro hogar, en el centro de la habitación echamos todo el maíz y frijoles que teníamos almacenados, para que las gallinas que no alcanzaron en la olla pudieran comer por un tiempo al quedar en abandono...

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